¿Qué hay en el corazón de la Vía Láctea?

*James Webb lo captó como nunca antes

Oaxaca, Oaxaca, Jueves 03 de Abril, 2025 (Fuente: Excélsior, El País México, El Imparcial, Wired en español, EFE y DW US).- El telescopio espacial James Webb, en colaboración con el radiotelescopio MeerKAT en Sudáfrica, logró captar la imagen más detallada hasta ahora del corazón de la Vía Láctea, una región en la constelación de Sagitario que alberga fenómenos extremos como cúmulos estelares, nubes de gas y el agujero negro supermasivo Sagitario A*.

Esta región galáctica es de gran interés para los astrónomos, ya que permite estudiar las condiciones físicas que afectan la formación estelar en entornos de alta densidad, campos magnéticos intensos y fuerzas gravitacionales extremas.

Sagitario A, el núcleo oscuro de la galaxia

En el centro exacto de la Vía Láctea se encuentra Sagitario A*, un agujero negro con una masa estimada de cuatro millones de veces la del Sol. Originalmente fue detectado como una fuente de ondas de radio sin equivalente visible. Su estructura fue captada en 2022 por el Event Horizon Telescope, que logró la primera imagen directa de este objeto.

Alrededor de Sagitario A* se producen intensas interacciones con el gas y polvo interestelar, lo que genera fuertes campos magnéticos que influyen en regiones vecinas, como el cúmulo Sagitario C, a solo 300 años luz de distancia.

Observaciones de James Webb en Sagitario C

James Webb dirigió su mirada a Sagitario C, una región rica en hidrógeno ionizado (plasma) donde observó estructuras en forma de filamentos. Estudios posteriores revelaron que estos filamentos son guiados y confinados por los campos magnéticos generados por la materia en torno al agujero negro.

Aunque las condiciones físicas de esta zona parecen propicias para la formación estelar, la tasa de formación de nuevas estrellas es considerablemente baja, debido a la presión magnética que impide que el gas se comprima y colapse gravitacionalmente.

En colaboración con ALMA, también se detectó la presencia de dos estrellas masivas en formación, con más de veinte veces la masa del Sol, y cinco protoestrellas de menor tamaño. Además, se identificaron frentes de choque entre los flujos estelares y el medio interestelar.

Imagen en radiofrecuencia: el aporte de MeerKAT

Por su parte, el radiotelescopio MeerKAT obtuvo una imagen sin precedentes del corazón galáctico en longitudes de onda del radio. Esta imagen fue procesada tres años después para ofrecer un análisis más profundo del origen de las emisiones.

El nuevo procesamiento asocia colores a los índices espectrales de la radiación:

*Tonalidades amarillas indican emisión producida por electrones en movimiento a lo largo de campos magnéticos.

*Tonalidades azul oscuro reflejan emisión por altas temperaturas en la región.

Esta codificación espectral permite distinguir con mayor precisión las estructuras físicas y los procesos energéticos que ocurren en el centro galáctico, complementando así la imagen infrarroja obtenida por James Webb.

Un nuevo panorama para la astrofísica

Con estos avances, el centro de la Vía Láctea se presenta como un laboratorio natural para estudiar condiciones extremas.

La colaboración entre telescopios ópticos, infrarrojos y de radio ha permitido generar un mapa más completo y detallado de una de las regiones más misteriosas y dinámicas de nuestra galaxia.

¿Únicos en el universo?

En tanto, el pueblo elegido. El grandioso destino de una nación. El mayor imperio jamás visto en la historia. El centro de la creación. El culmen de la evolución. Son frases oídas en distintos contextos, políticos, religiosos, incluso científicos, pero todas ellas, en esencia, revelan la egolatría de los humanos. Directamente relacionado con esas visiones orgullosas de nuestro mundo y el papel que jugamos en él, hablo hoy de lo que llamaría el paradigma de la vida en el universo.

Paradigma no es una palabra demasiado usada. Está, por un lado, su acepción, más popular, como ejemplo representativo o más claro: “James Dean, el paradigma del joven rebelde”. Pero en ciencia paradigma tiene otro significado, sería una serie de conceptos que se dan por ciertos y alrededor de los cuales se construye un conjunto extenso de hipótesis científicas. En algunos artículos de Vacío cósmico hemos hablado de axiomas, verdades que se aceptan como ciertas sin demostrar. Un axioma muy básico es que siempre podemos sumar dos números y nos da otro número, siempre el mismo: dos más dos son cuatro y siempre cuatro. A ver quién es el guapo que demuestra eso, pero podemos plantearnos su veracidad matemática. Los paradigmas serían algo parecido, pero más complejos y elaborados que los más fundamentales axiomas, incluyendo esquemas mentales, corrientes de pensamiento o razonamientos establecidos, acerca de los cuales existe cierto consenso (aunque solo sea por la imposibilidad de tener otros).

Uno de los paradigmas más importantes en astrofísica es el llamado cosmológico, que asume que el universo está formado principalmente por materia que no vemos, llamada oscura, mucho más abundante que la materia normal (bariónica) que forma las estrellas, planetas, y a nosotros mismos, y aparte estaría la llamada energía oscura. Pero no quiero pararme hoy en ese paradigma, sino en uno más fundamental para los humanos, y que está relacionado con las frases que enunciaba al principio de este artículo. Sería el paradigma de que la vida solo existe en la Tierra. Seríamos el pueblo elegido, la Tierra habría tenido un destino glorioso, el centro del universo donde se darían las condiciones para la aparición de la vida con un culmen en la evolución que representaría la humanidad.

Si las frases del principio del artículo nos chirriaban, las del último párrafo también deberían hacerlo. Pero lo damos como válido, casi a nivel de cerebro reptiliano, y a partir de ahí vivimos. Si no fuera un paradigma, ¿qué sentido tendría muchas cosas de las que hacemos y hemos hecho a lo largo de la historia?

Y vamos a la parte astrofísica de este artículo. Todo paradigma, y todo axioma, se da por cierto sin demostrar, pero puede no ser válido. Siendo pilares fundamentales, más o menos complejos, de muchas teorías que emanan de ellos, no es fácil falsarlos (otra palabra no muy usada, pero que quizás nos hace mucha falta en estos tiempos). Pero si se descubre que no son válidos, y se desata un cambio de paradigma, el avance científico es extraordinario. Es el caso, por ejemplo, del cambio de paradigma que se conoce ptolemaico (la Tierra está en el centro del universo) a copernicano (los planetas se mueven alrededor del Sol), que no está tan lejos del paradigma de la vida en el universo.

Los paradigmas a veces se rompen y aparecen otros después de un proceso más o menos largo de investigación en temáticas diversas que desembocan en una revolución científica e incluso tecnológica. Otras veces se busca activamente la validez del paradigma. En el caso del paradigma de la vida en el universo, aunque el problema no es sencillo, tenemos toda una batería de experimentos para validarlo o no. Desde tierra intentando entender cómo surge la vida, y también en el espacio a través de misiones de exploración de mundos lejanos.

Una de estas misiones, que el año pasado entró en su última fase de desarrollo en la NASA, y que ahora están en vilo con los acontecimientos de las últimas semanas, es Dragonfly, Libélula en español. Está (¿estaba?) destinada a volar en 2028 y llegar a Titán, una luna de Saturno, en 2034. Y allí tendrá (¿tendría?) la misión de estudiar un mundo único, con lagos y/u océanos y atmósfera como la Tierra. Pero a temperaturas de unos -180 grados Celsius, esos océanos no son de agua, nuestro líquido vital más bien forma “rocas” en la superficie o ríos de “lava” que salen de criovolcanes y renuevan la superficie helada. Los líquidos que sobreviven a estas temperaturas son metano y etano, que en la Tierra son gases.

Sin embargo, los gases que forman la atmósfera de Titán son nitrógeno (como aquí mismo) con “humedad” (es decir, gas diluido) y nubes de metano. Un sitio muy diferente a nuestro planeta pero que tiene mares, donde hay compuestos de carbono por doquier que podrían dar lugar, con la energía proveniente del Sol y del interior activo del satélite (que explica los criovolcanes), a moléculas complejas de las que se necesitan para que aparezca la vida. Quizás no haya vida allí, quizás no como la nuestra, quizás solo sea un paso más para romper nuestro paradigma de la vida en el universo.

Dragonfly será el segundo artefacto volador humano que surcará los cielos de otros mundos. Pero mientras el Ingenuity de Marte tenía como objetivo principal demostrar que la viabilidad de robots voladores en misiones espaciales, Dragonfly contará con bastantes instrumentos científicos que analizarán las condiciones del satélite en distintos puntos separados decenas de kilómetros. Básicamente es como un rover de los de Marte, pero volador. Podrá analizar la atmósfera y tomar muestras en distintos terrenos según vaya desplazándose por la superficie de Titán, quizás visitando de cerca un criovolcán por primera vez, y cráteres donde impactaron meteoritos y puede haber agua. Si todo va bien, y muchos andamos preocupados ahora mismo, debería llegar a Titán en 2034 y descubrirnos un nuevo mundo in situ, un lugar muy diferente a Marte, que ya nos ha dado imágenes espectaculares con sus rovers.

Es muy probable que Dragonfly no descubra vida, pero es un paso más en el camino. ¿Y qué pasaría si se descubre, o más bien yo diría qué pasará cuando se descubra, que no somos únicos en la Tierra, que hay vida más allá? ¿Se romperá el paradigma de la vida, pero nos quedaremos con el de la vida inteligente? ¿Cambiará nuestra visión del universo y de nuestro planeta? ¿A qué llevará ese grandioso descubrimiento? ¿Abandonaremos la idea del pueblo elegido y de ser especiales? Estos meses no soy optimista de que nos sirva para algo, pero estoy convencido de que el paradigma se romperá.

El asteroide 2024 YR4 ya no amenaza a la Tierra, pero podría impactarse contra la Luna

Por otra parte, desde hace unos meses, el asteroide 2024 YR4, descubierto a finales de 2024, ha mantenido en vilo a la comunidad científica. Sin embargo, gracias a las recientes observaciones del telescopio espacial James Webb (JWST), se ha descartado que represente un peligro para la Tierra.

Inicialmente, este objeto alcanzó una probabilidad de colisión del 3.1% para el 22 de diciembre de 2032, pero los datos recopilados el 26 de marzo de 2025 muestran que el riesgo terrestre es nulo, aunque ahora existe un 2% de probabilidad de que impacte la Luna.

Con un tamaño estimado de 60 metros, según las mediciones del JWST, el asteroide tiene una superficie rocosa y poco reflectante, características que podrían amplificar los efectos de un eventual impacto.

Este nivel de detalle fue posible gracias a un análisis intensivo que involucró a la NASA, la Agencia Espacial Europea (ESA) y otros organismos, activados tras la alerta inicial. Según el Grupo Asesor para la Planificación de Misiones Espaciales de la ONU, cualquier objeto mayor a 50 metros puede generar daños significativos en un área de 80 a 100 kilómetros de radio, lo que justificó el seguimiento exhaustivo.

Aunque la Tierra está fuera de peligro, el foco ahora está en la Luna. Un impacto lunar no afectaría nuestro planeta, pero ofrecería una oportunidad única para estudiar en tiempo real la formación de un cráter, un evento que los astrónomos consideran invaluable.

“Esperamos que ocurra el impacto lunar. Sería un espectáculo sin riesgos para la Tierra y una ventana sin precedentes para entender cómo se forman los cráteres”, expresó Alan Fitzsimmons, astrofísico del a Universidad de Queen’s en Belfast.

Para afinar aún más la trayectoria del 2024 YR4, la ESA y otros equipos planean nuevas observaciones con el JWST en mayo de 2025. Esto es crucial antes de que el asteroide se aleje hacia las regiones más remotas del sistema solar, donde permanecerá durante décadas. Por ahora, la ciencia cruza los dedos ante la posibilidad de presenciar un hito astronómico.

Surge una posible explicación al anómalo terremoto de Myanmar: un temblor equivalente a un jet supersónico

En otro orden de ideas, el terremoto de Myanmar, de magnitud 7.7, dejó un saldo devastador: hasta ahora se estiman aproximadamente 3,000 fallecidos y decenas de edificios en ruinas, todo esto en medio de una guerra civil. A una semana del desastre, las autoridades birmanas continúan con los esfuerzos de rescate y han pactado un tregua; mientras tanto, la comunidad internacional envía apoyo. Los científicos también hacen su parte; por ahora trabajan intensamente para comprender cuáles fueron los mecanismos físicos que provocaron el anómalo movimiento sísmico de esa magnitud.

Una posible explicación preliminar ha surgido. Un equipo de sismólogos alemanes utilizó monitores de actividad subterránea para estudiar el fenómeno que afectó a Myanmar. Según los datos recopilados, el terremoto pudo aumentar su capacidad destructiva por un evento inusual de propagación rápida de energía conocido como ruptura de supercizallamiento (supershear rupture). «Es el equivalente a un jet supersónico», explicaron los expertos.

Una técnica para modelar las ondas sísmicas registradas en el planeta reveló que, en la capa intermedia de la Tierra, hay estructuras de naturaleza desconocida.

Ondas P, S y cómo se originan los temblores

Un terremoto se origina por la ruptura de una falla. Cuando la tensión acumulada en las paredes de la fractura supera su límite, las rocas ceden y liberan la energía almacenada en forma de ondas sísmicas. Las ondas P y las ondas S son dos de las principales manifestaciones de esta energía.

Las ondas P o “principales”, son rápidas y provocan que el material por donde se mueve se comprima y expanda como resorte. No suelen estar relacionadas con movimientos violentos. Como llegan antes, los sismólogos usan las ondas P para calibrar los sistemas de alertamiento temprano. Por su parte, las ondas S (del inglés shear waves u ondas cizalla) son más lentas, pero hacen que las partículas se muevan en dirección perpendicular a la dirección en que viajan. Por ello, son directamente responsables de esa sensación de oscilación o vibración que se percibe en un temblor en la superficie.

La velocidad de las ondas S está estrechamente relacionada con la fuerza e impacto de un terremoto. En rocas sólidas típicas, se desplazan a entre tres y 4.5 kilómetros por segundo. Es una especie de «límite natural» en la velocidad de propagación del material. Sin embargo, hay casos raros en donde la energía de una ruptura de falla, usualmente recta y muy larga, viaja mucho más rápido que la velocidad de una onda S. En Myanmar, los cálculos arrojan que la energía viajó a aproximadamente 5 kilómetros por segundo.

“Un temblor supersónico”

En una ruptura de supercizallamiento, la energía de la falla viaja más rápido que las ondas S, lo que provoca ondas de choque similares a las que se ven en aviones supersónicos (esas son el resultado de la diferencia entre la velocidad del sonido y la de la aeronave). El supercizallemiento hace que los terremotos intensifiquen su escala y su potencial de destrucción aumente. «Este efecto pudo haber exacerbado el daño en Nay Pyi Taw [capital de Myanmar] y haber jugado un rol importante para explicar los efectos inusualmente drásticos experimentados en Bangkok, a más de 1,000 km de distancia del epicentro”, explicó Frederik Tillmann, sismólogo alemán.

De acuerdo con las explicaciones oficiales, el terremoto se originó en la falla de Sagaing, que prácticamente atraviesa Myanmar y mide aproximadamente 1,200 Km. Si la explicación del terremoto supersónico es correcta, la falla de Sagaing debió romperse por, al menos 400 kilómetros. Nuevos estudios sobre el área deberán confirmar o eliminar la hipótesis de la ruptura de supercizallamiento.

Descubrimiento preocupante: hallan residuos humanos en el abismo más profundo del Mediterráneo

En otro sentido, un estudio internacional en el que ha participado la Universidad de Barcelona (UB) concluye que los residuos generados por las actividades humanas ya han llegado al punto más profundo de todo el Mediterráneo: la fosa de Calipso, que tiene 5.112 metros de profundidad y se encuentra en el mar Jónico.

La investigación ha sido publicada en la revista Marine Pollution Bulletin, y la ha llevado a cabo un equipo internacional que incluye a Miquel Canals (Facultad de Ciencias de la Tierra, UB), Georg Hanke (Centro Común de Investigación de la CE), François Galgani (IFREMER) y Victor Vescovo (Caladan Oceanic).

Los investigadores descubrieron que el fondo de la fosa de Calipso, ubicada a 5.112 metros de profundidad en el mar Jónico, alberga una de las mayores concentraciones de desechos marinos en el océano profundo, evidenciando cómo la actividad humana está convirtiendo nuestros mares y océanos en vertederos de residuos.

En concreto, en el fondo de la fosa marina, se han identificado un total de 167 objetos –sobre todo plásticos, vidrio, metal y papel–, de los que 148 son desechos marinos y otros 19 tendrían un posible origen antrópico.

Estos resultados significan una de las concentraciones más altas de basura marina detectadas hasta ahora a grandes profundidades.

Para llegar al fondo de la fosa marina –el aspecto más crítico de toda la investigación–, el equipo ha utilizado un submarino tripulado de alta tecnología: el Limiting factor, vehículo de sumersión profunda (en inglés, deep-submergence vehicle o DSV).

Las imágenes aportadas por el Limiting factor confirman que –aparte de acumularse en las costas, las aguas superficiales y los fondos más someros– los desechos marinos llegan también a los puntos más remotos y hondos del Mediterráneo, un mar especialmente afectado por las actividades humanas.

Desechos marinos en el Mediterráneo más profundo

La fosa de Calipso es una depresión situada a sesenta kilómetros al oeste de la costa del Peloponeso, en Grecia, dentro de la llamada fosa Helénica, con varias depresiones similares, pero más someras.

¿Pero cómo ha podido llegar la basura a lugares tan profundos?, se preguntaban los investigadores antes de descubrir que los desechos del fondo de la fosa de Calipso provienen de diversas fuentes, tanto terrestres como marinas.

Según el catedrático del Departamento de Dinámica de la Tierra y del Océano y director de la Cátedra UB de Economía Azul Sostenible, Miquel Canals, «han podido llegar por varias rutas, que incluyen tanto el transporte a larga distancia por las corrientes marinas, como el vertido directo».

«Parte de los desechos ligeros, como los plásticos, provienen de la costa, de donde se escapan hacia la fosa de Calipso, a tan solo sesenta kilómetros de distancia, pero algunos plásticos, como bolsas, vagan justo encima del fondo hasta que quedan enterrados parcial o totalmente, o se desintegran en fragmentos más pequeños», apunta.

Los investigadores también han encontrado evidencias del vertido desde embarcaciones de bolsas llenas de basura.