El sueño de un niño

Juan Arturo López Ramos

Oaxaca, Oaxaca, Viernes 29 de Mayo, 2026.- De niños, todos soñamos con ser exploradores y descubrir un tesoro, una cueva, una zona arqueológica o restos de fósiles gigantes. La curiosidad es innata al ser humano y es símbolo de su inteligencia.

Mi padre, Mixteco, fue dueño de una fina y elegante personalidad; siempre trataba a los demás con deferencia y respeto y provocaba en esta vida, -que es siempre un espejo-, que los demás lo trataron de la misma manera. El nació en Mixtepec, el país de las nubes y sus paisanos provenían también de pueblos de resonancia ancestral: Xinitioco, Cahuayaxi, Nuxaño, Numí, y cuando concurrían al mercado semanal el día viernes, a Juxtlahuaca, llevaban la pobreza pegada en la piel y la ropa en harapos; sin embargo, al encontrarse, se saludaban mediante ceremonias y parlamentos de extraordinaria cortesía, que evocaban la grandeza de una civilización refinada y remota. Entonces, aquellos hombres y mujeres de pobreza trashumante, se transformaban, por la dignidad de sus modales, su lenguaje y sus formas, en auténticos príncipes, en reyes, en señores.

La curiosidad me llevó a investigar el pasado de los mixtecos y, cuando reuní testimonios irrefutables de su antigua grandeza, escribí un libro que la editorial Trillas publicó en varias reediciones bajo el título Esplendor de la antigua Mixteca. La búsqueda del conocimiento terminó por convertirse en pasión.

Con el tiempo, me vi impulsando la creación del Comité para el Rescate de la Zona Arqueológica del Cerro de las Minas, en Huajuapan de León, sitio parcialmente explorado por el extraordinario arqueólogo norteamericano John Paddock, querido amigo mío. Gracias al financiamiento que gestioné como Director de Turismo para apoyar al INAH, fue posible restaurar Mitla bajo la dirección de Nelly Robles y, posteriormente, respaldar durante cinco temporadas los trabajos encabezados por el apreciado arqueólogo Marcos Winter. Cada semana, desde mi oficina, se cubrían materiales y mano de obra auxiliar, hasta que finalmente el sitio pudo abrirse al público para beneplácito de quienes deseaban admirar los testimonios de nuestros antepasados.

Testimonios que muchas veces permanecen vivos, no sólo en la materia, sino también de forma intangible. Recuerdo que en cierta ocasión pregunté al finísimo político don Norberto Aguirre Palancares por qué era tan elegante y tan señor en el trato con los demás. Sin vacilar un instante, respondió:

—¡Ah!, esa es mi parte india.

Después de la grata experiencia de haber impulsado la apertura del Cerro de las Minas —la zona arqueológica más importante de la Mixteca Baja—, tuve el privilegio, primero como Delegado Federal de Turismo y posteriormente como Delegado de Gobierno en Huatulco, de vivir de cerca el crecimiento y desarrollo de ese bellísimo centro turístico integralmente planeado.

Asimismo, pude profundizar en su historia gracias a don Luis Castañeda Guzmán, quien me obsequió una copia de los títulos primordiales de Santa María Huatulco. Al revisar el recorrido de salvamento arqueológico realizado por el INAH, en el que se habían detectado setenta y cuatro sitios arqueológicos —evidencia de la alta densidad de población en el Huatulco antiguo—, observé que las exploraciones sólo habían llegado desde el aeropuerto internacional hasta Tangolunda, todavía a varios kilómetros de Copalita.

Al día siguiente de tomar posesión como Delegado de Gobierno en Huatulco, recorrí Copalita acompañado por el presidente municipal José Humberto Cruz Ramos. Emocionado entre la exuberancia y el calor de la selva, admiré alineamientos de piedra que sugerían los basamentos de pirámides monumentales y, tras localizar un importante depósito de restos arqueológicos, deduje que se trataba de una zona de gran relevancia histórica. Decidí entonces impulsar la creación de un patronato para su rescate, integrado por distinguidas damas y empresarios locales.

Juntos promovimos y sostuvimos encuentros con dos sucesivos presidentes del Consejo Nacional de Arqueología, Norberto González Crespo y Joaquín García Bárcena, quienes finalmente aprobaron el rescate del sitio y, posteriormente, su apertura al público.

En aquel momento, las únicas dos zonas arqueológicas nuevas abiertas en México durante más de cuarenta años fueron precisamente las dos cuyo rescate impulsé. Tiempo después se abriría también Atzompa.

Así, el sueño de un niño terminó por convertirse en realidad.