¿Quién necesita enemigos?

*El periodismo, entre la indiferencia y la autocrítica
CON EL BRAZO IZQUIERDO
Froylán Méndez Ferrer
Oaxaca, Oaxaca, Lunes 25 de Agosto, 2025.- Una colega periodista lo expresó con valentía frente al entonces presidente López Obrador: “Mientras no estemos unidos, nos van a seguir matando y desapareciendo. En las mañaneras damos la cara y quedamos en total indefensión; el único escudo que tenemos es dar la nota”. Esa frase, breve y contundente, resume la fragilidad del gremio periodístico en México: ejercemos una profesión de alto riesgo, pero lo hacemos de manera fragmentada, sin el respaldo de una comunidad solidaria.
El periodismo, por definición, debería ser un oficio colectivo. Ryszard Kapuściński lo explicó: “un periodista solo no puede hacer nada, porque su vida y su quehacer dependen del otro”. Sin embargo, en la práctica mexicana, lo hemos convertido en una competencia individual. Nos medimos por la cantidad de clientes, por la primicia que obtuvimos o por los errores que cometió el colega. Convertimos la crítica en descalificación personal y la solidaridad en indiferencia. Y mientras tanto, seguimos trabajando en el país más peligroso del mundo para ejercer este bello oficio.
En vez de camaradería, alimentamos rivalidades: competimos por clientes, descalificamos al colega por un error ortográfico, o lo peor, lo descalificamos porque no estudio periodismo, hacemos del escrutinio mutuo un deporte de exhibición pública. Con frecuencia, somos nuestros peores jueces: usamos la bandera de la libertad de expresión para polemizar, para difundir errores ajenos y para hacer bullying en redes sociales. Si ya cargamos con el descrédito que otros nos imponen, ¿para qué seguir desgastándonos entre nosotros? ¿Quién necesita enemigos?, cuando los periodistas nos destruimos a nosotros mismos.
A esto se suma otra amenaza: el avance de un “periodismo” fraudulento, sostenido por pseudo medios que se ponen al servicio del mejor postor. Plataformas que confunden propaganda con información y que contaminan el debate público. En medio de ese ruido, se pierden las historias que realmente merecen contarse. Como decía Umberto Eco, no son las noticias las que hacen al medio, sino el medio el que construye la noticia. Esa responsabilidad no se puede banalizar.
En este panorama, conviene recordar que la libertad de expresión no es un privilegio corporativo, sino un derecho ciudadano. Los artículos 6º y 7º de la Constitución garantizan a la sociedad el acceso a información veraz; los periodistas y medios tenemos la responsabilidad de cumplir con ese mandato. La libertad de prensa no se trata de publicar lo que conviene, sino de contar lo que debe ser contado, incluso si incomoda, incluso si incomoda a los propios colegas.
Sara Lidia Mendiola, de Propuesta Cívica, ha señalado que las agresiones a la prensa en México van desde asesinatos y desapariciones hasta persecuciones judiciales, espionaje digital y precariedad laboral. Su diagnóstico es contundente: la violencia estructural contra periodistas no se limita a los ataques físicos, sino que está entrelazada con la desprotección y la inestabilidad en que la mayoría ejerce su trabajo. Sin embargo, más allá de las denuncias, pocos asumimos la tarea de transformar esas condiciones.
El periodismo, por naturaleza, debe ser crítico. Pero esa crítica también debe aplicarse hacia adentro, hacia nuestras prácticas, nuestras rivalidades y nuestras complacencias. El oficio se degrada cuando se convierte en propaganda o cuando se reduce a la lucha individual. La única salida es recuperar la esencia colectiva: ejercer con independencia, con empatía y con un espíritu abierto que entienda que la verdad no se construye en soledad. Porque, en efecto, “el mejor periodismo es el que se hace en equipo”.

