La revolución silenciada que despierta en Oaxaca

Columna: CON EL BRAZO IZQUIERDO
Froylán Méndez Ferrer*
Oaxaca, Oaxaca, Viernes 14 de Noviembre, 2025.- Hay momentos en la historia de un pueblo en que el silencio se vuelve complicidad y Oaxaca vive uno de esos momentos. Mientras se presumen cifras de reducción en homicidios dolosos, la sangre de nuestros jóvenes, nuestros hijos, nuestros niños, de nuestros defensores comunitarios, mancha las calles con una realidad que ninguna estadística puede ocultar. El próximo 15 de noviembre, la juventud Z oaxaqueña (1997-2010) tiene no solo el derecho, sino el deber histórico de alzar la voz. Nosotros los de la generación X (1965-1980) tenemos que hacer el llamado a que lo hagan, porque callar ahora sería traicionar la memoria de quienes ya no pueden gritar.
En tan solo 72 horas, dos tragedias sacudieron los cimientos morales de nuestro estado. El pasado 10 de noviembre, Noelia Daylen, una niña de apenas cuatro años, fue arrancada de la vida en Juchitán de Zaragoza. Su joven madre, Adilene, de 21 años, fue ejecutada junto a otras dos personas en un ataque con armas de alto calibre. La pequeña fue secuestrada durante el crimen y apareció sin vida al día siguiente. Juchitán es identificado como el municipio más violento de Oaxaca en 2024 con 98 homicidios dolosos de hombres y cinco de mujeres. En las últimas tres semanas, al menos seis hombres, la mayoría mototaxistas, fueron asesinados en ejecuciones tipo sicariato, lo que ha convertido al Istmo en una zona de exterminio donde la vida humana no vale nada.
Este jueves 13 de noviembre, la violencia volvió a golpear. Dos jóvenes fueron ejecutados en un camino de terracería en la localidad de Santa María Zoquitlán, jurisdicción de San Pedro Totolapam, en Tlacolula de Matamoros. Sus muertes marcan el dolor de familias que exigen justicia en un sistema que no ha brindado mayores oportunidades. Estos asesinatos se suman a una espiral de violencia que ha cobrado al menos 24 vidas en tan solo diez días de noviembre. ¿Hasta cuándo seguiremos contando cadáveres como si fueran estadísticas frías? ¿Cuántos nombres más necesitamos grabar en la memoria colectiva antes de que el hartazgo se convierta en acción?
La juventud oaxaqueña, especialmente la Generación Z, enfrenta una crisis multifacética que trasciende las fronteras del estado. Según datos de organizaciones civiles como EDUCA, Oaxaca encabeza la lista nacional de asesinatos a personas defensoras de derechos humanos: 58 activistas han sido asesinados entre 2018 y 2024, 55 de ellos pertenecientes a pueblos indígenas. La defensa del territorio, del medio ambiente, de los derechos civiles y políticos se ha convertido en una sentencia de muerte en un estado donde la impunidad alcanza niveles del 90%. La colectiva feminista Ges Mujer «Rosario Castellanos» reporta que, hasta el 10 de noviembre, 74 mujeres han sido asesinadas de manera violenta en Oaxaca.
A esta violencia se suma la falta de oportunidades, ya que los jóvenes oaxaqueños enfrentan un mercado laboral precario, discriminación y una infraestructura educativa deficiente. Estudios de Solidaridad Internacional A.C. revelan que, durante la pandemia, el 35.9% de los estudiantes no se inscribieron por motivos relacionados con COVID-19, el 25.7% por falta de recursos económicos, y el 18% porque tenían que trabajar. Los egresados universitarios, incluso con postgrados, se ven forzados a inscribirse en programas como «Jóvenes Construyendo el Futuro» con ingresos de 3,600 pesos mensuales que no cubren ni siquiera sus necesidades básicas. Carreras tecnológicas como mecatrónica, tecnologías de la información y energías renovables encuentran pocas áreas de oportunidad, obligando a la juventud a migrar o subemplearse. Esta es la receta perfecta para el desencanto generacional.
Pero Oaxaca no está sola. A nivel mundial, la Generación Z ha protagonizado una ola sin precedentes de protestas que han sacudido gobiernos desde Nepal hasta Madagascar, desde Kenia hasta Marruecos, desde Perú hasta Bangladesh. En mayo jóvenes kenianos lideraron protestas masivas contra aumentos de impuestos, logrando que el presidente Ruto suspendiera el proyecto de ley tras la muerte de al menos 22 manifestantes. En Nepal, las protestas forzaron la renuncia del primer ministro. En Bangladesh, el movimiento estudiantil derrocó a la primera ministra Sheikh Hasina. En Marruecos, el colectivo Gen Z 212 exige mejoras en sanidad y educación mientras el gobierno prioriza infraestructuras para el Mundial de Fútbol 2030. Estas juventudes comparten símbolos globales como la bandera pirata de One Piece, representando su lucha contra las injusticias. Se organizan a través de redes sociales, sin líderes jerárquicos, creando movimientos horizontales que desafían las estructuras de poder tradicionales.
En México, el derecho a la protesta social está consagrado en el artículo 9 constitucional, que establece la libertad de asociación y reunión pacífica. Las manifestaciones no son actos de rebeldía caprichosa; son expresiones legítimas de ciudadanía, mecanismos de autotutela ante la ineficiencia de las instituciones. Como señala la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, las protestas «constituyen una alternativa a la violencia que pueden suscitar las necesidades e intereses confrontados entre las personas y el Estado». En México, la indignación por la inseguridad, violencia y corrupción ha llevado históricamente a la sociedad a exigir transformaciones. Las marchas del 2 de octubre del 68, las protestas por Ayotzinapa, las manifestaciones feministas, todas ellas han sido ejercicios legítimos de un derecho humano fundamental que ninguna autoridad debería criminalizar.
El próximo 15 de noviembre, la juventud oaxaqueña tiene razones de sobra para salir a las calles. Por Noelia Daylen, cuya infancia fue brutalmente cercenada. Por los dos jóvenes ejecutados en Tlacolula. Por las 74 mujeres asesinadas en lo que va del año. Por los 58 defensores de derechos humanos masacrados. Por la impunidad que protege a los criminales mientras criminaliza a las víctimas. Por los sueños truncados de una generación que ve cómo sus oportunidades se evaporan en un sistema educativo desigual y un mercado laboral excluyente. Por el derecho a un futuro digno en una tierra que les pertenece. Esta manifestación no es un acto de vandalismo ni de desorden; es un grito desesperado de supervivencia, un ejercicio legítimo de ciudadanía que la Constitución Mexicana, la Declaración Universal de Derechos Humanos y los tratados internacionales protegen.
La historia juzgará duramente a quienes permanecieron en silencio mientras Oaxaca ardía. El 15 de noviembre no es solo una fecha en el calendario; es una oportunidad para que la Generación Z oaxaqueña se una a la revolución global de juventudes que están diciendo «¡Basta!» a la corrupción, la violencia, la impunidad y la falta de oportunidades. Como jóvenes de Nepal, Kenia, Marruecos y Bangladesh, la juventud oaxaqueña tiene el derecho inalienable a exigir un cambio, a reclamar justicia, a construir un futuro donde Noelia Daylen hubiera podido crecer, donde los defensores del territorio no sean sentenciados a muerte, donde ser joven no sea sinónimo de desesperanza. El silencio mata. La indiferencia asesina. La protesta libera.
Nos vemos en las calles el 15 de noviembre.
Froylán Méndez Ferrer / froylanmf@gmail.com
Agencia de noticias ANSIC.MX
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