Flores negras para un río muerto

Filadelfo Figueroa

Oaxaca, Oaxaca, Sábado 10 de Febrero, 2024.- No existe ninguna esperanza para recuperar la grandeza del río Atoyac, las aguas negras recorren su cauce y cada vez se contamina más, y a nadie le importa su muerte.

Nace en San Francisco Telixtlahuaca (región Valles Centrales de Oaxaca), cruza el valle eteco, recogiendo solamente basura y suciedad, aquella corriente de agua hoy es la culebra negra apocalíptica, la muerte del humano a flor de tierra, porque es el agua que beberá.

Quién le reza en su agonía, nadie se le acerca porque apesta como si el fuera culpable de su desgracia, de estar lleno de aguas negras.

Está dejando de respirar frente a una multitud indiferente, quien no voltea a mirarlo, por el contrario, lo van asfixiando con indiferencia.

No siquiera se atreven a tirarle el último puño de tierra, porque se saben sus homicidas, quienes poco a poco le han ido quitando la vida.

Por el contrario, no falta quien venda su agonía, trafique con su desgracia, pida caridad para salvarlo, o finja ayudarlo.

Es como un perro en medio de la avenida a quien nadie ayuda y lo atropellan tantas veces hasta que muera.

El secuestrado vendado a merced de criminales drogados y sin escrúpulos, a quien ni el sollozo ni los gritos de perdón han de salvar.

Danzan en su nombre, hablan en su nombre y luego se van, son sus falsos salvadores.

Se está muriendo la última generación que aún pudo bañarse en sus corrientes, que sintió el agua al cruzarlo.

Otrora las mujeres acudían a bañarse y lavar su ropa a sus orillas.

Otrora toros, vacas, chivos y pastores tomaron agua en sus orillas.

Por apestoso pasan corriendo sin voltear a verlo, como si él tuviera la culpa de tanto excremento humano.

Hubo un invento de plantas de tratamiento de aguas residuales, pero se volvió una forma de robo, porque se quedan con el dinero y no sirven para nada.

Pobres humanos que se matan asimismo acabando con los ríos, hasta su grava y arena ya no sirven para construir por tanta contaminación química, porque también ahí van a parar desperdicios de industrias y talleres.

Cada año las lluvias lo ayudan un poco a limpiarlo, pero no es suficiente, porque esa contaminación viaja hasta el mar.

El río Atoyac que dio vida al pueblo zapoteca, que cruzaron aquellos viejos reyes. El mismo a cuyas orillas fue encontrado el cráneo de la princesa Donají con una azucena como señal de su existencia.

Cuenta la historia de una hermosa princesa mixteca, hija del rey Cosijoeza, quien se enamoró de un príncipe zapoteco llamado Nucano.

La princesa y el príncipe se amaban profundamente, pero su amor era prohibido por las diferencias entre sus pueblos. A pesar de ello, decidieron casarse en secreto, en una ceremonia íntima en medio de la selva.

La princesa Donají lucía radiante con su vestido de manta bordado con grecas y flores, y su cabello negro estaba adornado con flores de cempasúchil. El príncipe Nucano, por su parte, vestía un traje blanco y una capa de piel de jaguar.

Los enamorados juraron amor eterno y sellaron su compromiso con un beso apasionado, pero su felicidad fue interrumpida por la traición de un soldado zapoteco que había seguido a Nucano y descubierto su secreto.

El soldado regresó al pueblo zapoteco y dio a conocer la noticia, lo que enfureció al rey y a los guerreros zapotecos. Decididos a vengarse, planearon una emboscada y atacaron al pueblo mixteco en medio de la noche.

La princesa Donají fue capturada y llevada ante el rey zapoteco, quien la juzgó y condenó a muerte. La princesa aceptó su destino con valentía y pidió ser enterrada con su vestido de novia.

La leyenda dice que, al día siguiente de su muerte, el cuerpo de la princesa fue encontrado por los mixtecos en el río Atoyac, cerca de la ciudad de Oaxaca. El pueblo la sepultó con honores y la recordó como una heroína que luchó por el amor verdadero y la paz entre dos pueblos hermanos.

Fue gracias a este río que nació la ciudad de Oaxaca, porque garantizaba agua para la vida de los primeros habitantes.

Los viejos abuelos cruzaron este río con el agua a sus cinturas y a veces hasta nadando.

De eso se han olvidado los actuales habitantes de la ciudad de Oaxaca, insensatos que no entienden que con la muerte del río también se van muriendo ellos.

Su corriente atajó la sed de aquellos invasores, quienes después regresaron para vivir junto a él.

Está agonizando y no somos capaces de acercarle un vaso de agua para mitigar su sed.

Vamos a enterrar el río, y con ello también cabemos nuestra tumba,

Antiguos historiadores, como el Padre Antonio Gay, registra que el río Atoyac atravesaba la ciudad y causaba grandes inundaciones.

Que fue necesario en 1561, con la participación de 500 indígenas, trabajar para desviar su cauce como ahora lo conocemos.

Atoyac es un topónimo náhuatl que significa Agua que corre, y da nombre a varias localidades y ríos de México, entre estos el de Oaxaca.

El río Atoyac cruza Santa Cruz Xoxocotlán, Zaachila, Zimatlán y Santa María Ayoquezco, más adelante se une con el río Verde, formando parte de la cuenca hidrográfica río Atoyac-Verde.

En 1980 aún se podía uno meter a sus aguas, a su paso por el valle eteco, hoy es una serpentina de aguas negras, y ya no trae agua limpia ni siquiera cuando llueve.

Frente a nosotros en etapa terminal le hemos dado la espalda, y ya empezamos a mencionar que hubo un río llamado Atoyac.

Su corriente ahora significa peste y muerte, heraldo de la contaminación, de una sociedad sin escrúpulos.

Antes cruzar su carrera fiesta y alegría, hoy huimos de sus orillas por su apestoso aroma.

Huele a muerto, y no queremos saber de él, sin entender que es el anuncio de nuestra propia extinción.

Aún pude jugar en sus aguas, oler su olor a agua, ver la vida a su paso.

Cuál es el orgullo de una ciudad con su río muerto, con el cadáver expuesto, porque no se le puede dar sepultura.

Cuál es el orgullo de una sociedad que acaba con su río, que lo ve morir y no hace nada.

Aguas negras corriendo por sus venas llevando su anuncio de muerte.

Creen que no les pasará nada, desconocen las terribles consecuencias cuando lo único que exista sean esas aguas negras para beber.

En sus orillas nacerán flores negras, con aroma nauseabundo, y será el presagio de su muerte y nuestras muertes.

Una oración por su pasado, por su gloria de río grande.

Una plegaria por su agonía, y pueda resistir tanto castigo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *