Umberto Eco, filósofo de palabras, medios y conspiraciones

Umberto Eco, filósofo de palabras, medios y conspiraciones

*El semiólogo y escritor italiano tenía 84 años; escribió el Tratado de Semiótica General y la novela El nombre de la rosa; en Número Cero criticó el periodismo actual; lamentaba que las redes sociales dieran voz a legiones de idiotas

Oaxaca, Oaxaca, Domingo 21 de Febrero, 2016 (Fuente: razon.com.mx).- Umberto Eco lo mismo opinaba de los ataques terroristas contra la revista Charlie Hebdo, que del periodismo actual, del uso de las redes sociales y de la economía, política y cultura tanto de América como de Europa y Francia. Como uno de los más reconocidos pensadores del mundo, él tenía la licencia de hacerlo; sin embargo, decía que “los intelectuales no son oráculos con respuesta para todo”.

Por ello, el jueves a las 22:30 (hora de Italia), el escritor dejó un vacío en la academia, en la literatura, en el periodismo y en la cultura: falleció a los 84 años en su casa, confirmaron sus familiares al diario italiano La Repubblica.

En sus obras abordó desde áreas como la semiótica, la estética medieval y la filosofía, hasta la lingüística y el periodismo, precisamente en este último concentra su última novela, Número Cero, en la cual hace una crítica sobre la crisis de esta profesión. Fue uno de los grandes académicos y teóricos de la comunicación.

Polémico en sus declaraciones que siempre tenían un carácter incisivo, pero también que incitaban a la reflexión, apenas el pasado 22 de enero escribía en lo que sería su última columna en el diario El Clarín: “Esperar que los intelectuales proporcionen todas las respuestas es una forma de evitar admitir que los políticos, los jefes de Estado y los generales tampoco tienen las respuestas. La gente que apela a los intelectuales ante las penurias de la vida actúa como los católicos devotos que sólo ven a los santos”.

Así de tajante era el autor del ensayo “El signo de los tres”, quien se lanzó contra las redes sociales al considerar que éstas “le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que antes hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad y que ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los necios”.

Esta declaración la hizo en junio del año pasado, días después de que Tim Hunt, miembro de la Royal Society y Nobel de Medicina 2001, dio a conocer su postura sobre la participación de las mujeres en los laboratorios, comentario que desató la campaña #DisctractinglySexy, que lo llevó a renunciar a su puesto de profesor en la University College de Londres.

Umberto Eco siempre generaba polémica entre sus adversarios, pero también incrementaba al número de admiradores que tenía.

Los hilos conductores de su vida fueron la filosofía y la literatura. Sus primeros escritos los hizo a finales de los 50, “El problema estético de Tomás de Aquino” y “Arte y belleza en la estética medieval”, fueron estos ensayos.

En 1964 escribió “Apocalípticos e integrados”, un clásico de cualquier estudioso de los medios de comunicación.

En sus ensayos el mundo de la farándula, la televisión, la cultura popular y la banalización mediática, estuvieron presentes.

Con una trayectoria prolífica en el arte de escribir y filosofar, su éxito se catapultó en el mundo con El nombre de la rosa (1980), novela que hasta ahora ha vendido más de 30 millones de copias a nivel internacional.

Esta obra que se tradujo a más de 50 idiomas fue llevada más tarde a la pantalla grande por el director Jean-Jacques Annaud. Un filme que obtuvo 16 premios.

Aunque Umberto Eco se consideró un novelista amateur, El nombre de la rosa es una de las obras imprescindibles de la literatura. Siempre se definió como un filósofo, intelectual y humanista.

A este libro siguieron El péndulo de Foucault (1988), La isla del día de antes (1994), Baudolino (2000), La misteriosa llama de la reina Loana (2004) y El cementerio de Praga (2015).

Entre los reconocimientos que obtuvo por su obra están el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades (2000), más de una treintena de doctorados Honoris Causa por universidades de todo el mundo. También fue nombrado caballero de la Legión de Honor en Francia, y obtuvo la Medalla al mérito de la cultura y el arte, por mencionar algunos galardones.

En la academia destacó por ser fundador del Departamento de Comunicación de la Universidad de San Marino, en 1988, por crear en esa misma ciudad la Escuela Superior de Estudios Humanísticos, una iniciativa destinada a difundir la cultura universal. En 1969, también participó en la apertura de la Asociación Internacional de Semiótica.

Su trabajo como docente lo desarrolló en ciudades como Nueva York, Columbia, Oxford, Harvard, Toronto, Sao Paulo, Río de Janeiro, Buenos Aires y París, ahí formó a generaciones que siguen su legado.

 

Primer día

 

Era una hermosa mañana de finales de noviembre. Durante la noche había nevado un poco, pero la fresca capa que cubría el suelo no superaba los tres dedos de espesor. A oscuras, enseguida después de laudes, habíamos oído misa en una aldea del valle. Luego, al despuntar el sol, nos habíamos puesto en camino hacia las montañas.

Mientras trepábamos por la abrupta vereda que serpenteaba alrededor del monte, vi la abadía. No me impresionó la muralla que la rodeaba, similar a otras que había visto en todo el mundo cristiano, sino la mole de lo que después supe que era el Edificio. Se trataba de una construcción octagonal que de lejos parecía un tetrágono (figura perfectísima que expresa la solidez e invulnerabilidad de la Ciudad de Dios), cuyos lados meridionales se erguían sobre la meseta de la abadía, mientras que los septentrionales parecían surgir de las mismas faldas de la montaña, arraigando en ellas y alzándose como un despeñadero. Quiero decir que en algunas partes, mirando desde abajo, la roca parecía prolongarse hacia el cielo, sin cambio de color ni de materia, y convertirse, a cierta altura, en burche y torreón (obra de gigantes habituados a tratar tanto con la tierra como con el cielo). Tres órdenes de ventanas expresaban el ritmo ternario de la elevación, de modo que lo que era físicamente cuadrado en la tierra era espiritualmente triangular en el cielo. Al acercarse más se advertía que, en cada ángulo, la forma cuadrangular engendraba un torreón heptagonal, cinco de cuyos lados asomaban hacia fuera; o sea que cuatro de los ocho lados del octágono mayor engendraban cuatro heptágonos menores, que hacia fuera se manifestaban como pentágonos. Evidente, y admirable, armonía de tantos números sagrados, cada uno revestido de un sutilísimo sentido espiritual. Ocho es el número de la perfección de todo tetrágono; cuatro, el número de los evangelios; cinco, el número de las partes del mundo; siete, el número de los dones del Espíritu Santo. Por la mole, y por la forma, el Edificio era similar a Castel Urbino o a Castel del Monte, que luego vería en el sur de la península italiana, pero por su posición inaccesible era más tremendo que ellos, y capaz de infundir temor al viajero que se fuese acercando poco a poco. Por suerte era una diáfana mañana de invierno y no vi la construcción con el aspecto que presenta en los días de tormenta.

Sin embargo, no diré que me produjo sentimientos de júbilo. Me sentí amedrentado, presa de una vaga inquietud. Dios sabe que no eran fantasmas de mi ánimo inexperto, y que interpreté correctamente inequívocos presagios inscritos en la piedra el día en que los gigantes la modelaran…

 

MUERE UMBERTO ECO, EL SABIO QUE LLEGÓ AL PÚBLICO

 

[elpais.com]

 

Odiaba los lugares comunes y las frases hechas, y tal vez para evitar las inevitables —“Italia está de luto”, “Ahora somos más pobres”, “El hombre que lo sabía todo”—, el escritor, filósofo y semiólogo italiano Umberto Eco dispuso que la noticia de su muerte, acaecida la noche del viernes a los 84 años en su casa de Milán, fuese acompañada por la de la publicación de un nuevo libro, como una invitación a recoger el testigo de su mirada crítica, a veces divertida y a veces voraz, de ese ensayo del mundo que es Italia. “A la hora de su muerte”, dijo el editor Mario Andreose tras dar el pésame a su familia, “los deseos de Eco eran coherentes con su vida profundamente laica”. Su despedida, por tanto, se celebrará el martes en un acto civil en el Castello Sforzesco, una joya arquitéctonica del siglo XV que el autor de El nombre de la rosa (vendió 30 millones de ejemplares) y El péndulo de Foucault podía ver desde la ventana de su casa.

A la mañana siguiente de conocerse la noticia, los alumnos de Eco se acercaron a la plaza Castello para, silenciosamente, dejar rosas blancas bajo la casa de un maestro que, como escribe Juan Cruz, “era un sabio que conocía todas las cosas simulando que las ignoraba para seguir aprendiendo”. Esa es la clave. Umberto Eco nunca atropelló a nadie con su infinita sabiduría. De ahí que, de todos los artículos laudatorios que publica la prensa italiana, tal vez el que menos chirría con el carácter de Il Professore sea el del periodista Gianni Rotta en La Stampa de Turín: “Filósofo, padre de la semiótica, escritor, profesor universitario, periodista, experto en libros antiguos: en cada una de sus almas Umberto Eco era una estrella internacional, pero con sus estudiantes, lectores, colegas, jamás Eco exhibió la pose snob que tal vez otros escritores sí habrían adoptado de haber publicado best sellers como El nombre de la rosa o El péndulo de Foucault. Umberto Eco reía, se informaba de las novedades y —encendiendo un cigarro— contaba la última broma antes de presentar una nueva teoría lingüística”. Ese, y muchos otros, era el intelectual que ahora despide Italia.

 

Abandono de la fe

 

Hijo de comerciantes, Umberto Eco nació en la ciudad piamontesa de Alessandria en 1932. Formó parte activa de los movimientos juveniles de Acción Católica, estudió Filosofía en Turín y se doctoró en 1954 con una tesis sobre la estética de Santo Tomás de Aquino, quien, según publicó entonces en una nota irónica, tuvo mucho que ver con su descreimiento progresivo y su abandono final de la Iglesia católica. Aquella nota rezaba: “Se puede decir que él, Tomás de Aquino, me haya curado milagrosamente de la fe”. Tras doctorarse, Eco se estableció en Milán, participó en un concurso de la RAI —la televisión pública italiana— que venció y que lo convirtió en compañero del periodista Furio Colombo y del filósofo Gianni Vattimo en una aventura siempre enfocada a difundir el mundo de la cultura.

A sus coetáneos les asombraba, como subraya Gianni Rotta, que “un semiólogo, un crítico, todo un filósofo, se ocupase de cómics, o que un profesor predicase que, para entender la cultura de masa, antes hay que amarla, que no se puede escribir un ensayo sobre las máquinas flipper sin haber jugado con ellas”. Durante los años sesenta trabajó como profesor agregado de Estética en las universidades de Turín y Milán y participó en el Grupo 63, publicando ensayos sobre arte contemporáneo, cultura de masas y medios de comunicación. Entre estos ensayos los más conocidos son Apocalípticos e integrados y Obra abierta. El semiólogo también fue catedrático de Filosofía en Bolonia, en la que puso en marcha la Escuela Superior de Estudios Humanísticos, conocida como la Superescuela, porque su objetivo es difundir la cultura entre licenciados con un alto nivel de conocimientos. También fue fundador de la Asociación Nacional de Semiótica, de la que aún era su secretario.

Crisis del periodismo

 

SU LIBRO PÓSTUMO APARECE EL PRÓXIMO FIN DE SEMANA

 

A finales del pasado mes de noviembre, Umberto Eco —junto a Sandro Veronesi, Hanif Kureishi y Tahar Ben Jelloun— decidió fundar una nueva editorial, La nave di Teseo, tras oponerse sin éxito a la fusión entre Mondadori y el grupo RCS. Fue la última batalla de un escritor que desde hacía dos años luchaba contra el cáncer sin perder jamás tres de los rasgos de su carácter: la curiosidad, la ironía y un vaso de whisky . “Ha trabajado hasta el final”, contaba ayer el editor Mario Andreose, “exceptuando los tres últimos días. Escribía y escribía, era un trabajador formidable. A pesar de que desde hacía dos años tenía problemas de salud, continuaba trabajando”. En su libro póstumo Pape Satàn Aleppe —construido a partir de las columnas que publicaba en el semanario L’Espresso—, está, según su editor, “la historia de los últimos 15 años, de ahí su subtítulo: Crónicas de una sociedad líquida”. Dice su editor que hay pasajes que son de una comicidad espléndida, y otros en los que Eco “analiza la identidad del papa Francisco, al que tenía en gran estima”. Su publicación se ha adelantado al próximo fin de semana.

La última de las obras de su fecunda carrera, Año cero, una mirada crítica del gran experto de la comunicación sobre la crisis del periodismo. La trama de Año cero está ambientada en 1992, un año clave de la historia italiana por el caso Tangentopolis, y se desarrolla en la redacción de un periódico en ciernes donde confluyen todas las plagas que golpeaban el país: la logia masónica P2, las Brigadas Rojas, el fin de una era y la aparición de otra con Silvio Berlusconi a punto de saltar al escenario. Eco combatió a Berlusconi —su antítesis total— de forma frontal, pero a quien le preguntaba si el protagonista turbio de su novela estaba inspirado en el líder de Forza Italia, le respondía: “Si quiere ver en Vimecarte un Berlusconi, adelante, pero hay muchos Vimecarte en Italia”.

Tras su muerte, tanto políticos como intelectuales han intentado apresar su personalidad. Según el jefe del Gobierno italiano, Matteo Renzi, Umberto Ecco fue “un gran italiano y un gran europeo”. Por su parte, el presidente de Francia, François Hollande, se acercó un poco más al referirse a él como un inmenso humanista, que se interesaba por todo y que estaba “igual de cómodo con la Historia medieval que con los cómics”. Como subrayó Hollande, “nunca se cansó de aprender y de transmitir su inmensa erudición con elocuencia y humor”.

 

En cierta ocasión, Umberto Eco dijo: “El que no lee, a los 70 años habrá vivido solo una vida. Quien lee habrá vivido 5.000 años. La lectura es una inmortalidad hacia atrás”. El viernes a las 22.30, en Milán, frente al castillo Sforzesco, Italia perdió un pedazo de inmortalidad.

 

MUERE UMBERTO ECO, EL ÚLTIMO HOMBRE DEL RENACIMIENTO

 

[elconfidencial.com]

 

Todo le interesaba y nada de lo humano le era ajeno: lenguaje, historia, política, arte… Una curiosidad insaciable, renacentista, aliada con una extraordinaria capacidad para popularizar el conocimiento entre el gran público. Umberto Eco (Alejandría, 1932), escritor y semiólogo, autor de ‘El nombre de la rosa’ y el intelectual italiano actual más conocido en todo el mundo, crítico tenaz de la superstición, la manipulación y el engaño, falleció la noche del viernes en su casa de Milán a los 84 años según informó el diario La República. En 2015 aparecía su última novela, ‘Número Cero’, una ácida denuncia del periodismo irresponsable.

Cuando, a finales de 1980, el profesor Eco publicó ‘El nombre de la rosa’ ya era uno de los intelectuales italianos de referencia en ámbitos tan dispares como los estudios semióticos, medievalistas o de cultura de masas, pero aquella quimérica obra, mezcla de novela de detectives, evocación histórica y ‘thriller cultural’, le iba a convertir en bestseller planetario. El escritor relató más tarde que, al principio, pensaba en una edición limitada y exclusiva para esa extraña historia que transcurría en una abadía medieval del norte de Italia de imponente biblioteca asolada por una demoníaca epidemia de crímenes. Guillermo de Baskerville, un franciscano escéptico y nominalista, y su joven discípulo Adso de Melk, que relata la historia, arribarán en plena oleada de violencia a la abadía para investigar lo ocurrido y mediar de paso en una colosal disputa teológica.

En 2006 ‘El nombre de la rosa’ había vendido 15 millones de ejemplares en todo el mundo -cinco de ellos en Italia- y motivado la publicación de centenares de artículos y estudios, a los que Eco se apresuraría a responder en 1985 en ‘Apostillas a ‘El nombre de la rosa’. En 1986 se estrenaba la célebre adaptación cinematográfica homónima dirigida por el francés Jean Jacques Annaud, con Sean Connery como Guillermo de Baskerville y Christian Slater encarnando a su pupilo Adso. ‘El nombre de la rosa’ es un libro inagotable que sigue revelando sus misterios a cada nueva lectura. Y que brinda brillantes homenajes como el rendido al escritor argentino Jorge Luis Borges, camuflado en la personalidad del gran villano de la historia: el bibliotecario ciego Jorge de Burgos.

 

Cómo dominar el mundo

 

Ocho años después de ‘El nombre de la rosa’ (1980), publicó ‘El péndulo de Foucalt’, la otra gran novela de su trayectoria. Un redondo manual para escépticos que narra la historia de tres intelectuales que inventan un supuesto plan de los templarios para dominar el mundo, el cual, al modo de las profecías autocumplidas, va poco a poco convirtiéndose en amenazante realidad. ‘El péndulo de Foucault’ fue publicado en Italia en 1988 y se alzó como uno de los libros más vendidos ese año, pese al escaso interés de la crítica. Excepto ‘L’Osservatore Romano’, órgano oficial de la Santa Sede, que atacó con violencia la novela tachándola de “bufonada, pura charlatanería, profanación y blasfemia”.

Autor de otras ficciones como ‘La isla del día antes’, ‘Baudolino’ o ‘La misteriosa llama de la reina Loana’, Eco fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en el 2000, y a lo largo de su vida profesional también fue responsable de numerosos ensayos sobre semiótica, estética medieval, lingüística y filosofía.

Su primera obra de semiótica fue ‘La estructura ausente’ (1968), y a ella le siguieron ‘Las formas del contenido’ y ‘El signo’ (1973), dos aclaraciones a la primera que acabaron por fundirse en su gran obra sobre la materia, ‘Tratado de semiótica general’, publicada en 1975. En discursión con Ferdinand de Saussure, fundador de la linguística moderna con su ‘Curso de lingüística general’, Eco se aplicaba en su estudio a la definición, contenido y delimitación de la nueva ciencia del lenguaje.

Trabajó en la RAI desde 1954 hasta 1958, y después fue profesor agregado de ‘Estética’ de 1962 a 1965 en las universidades de Turín y de Milán. Participó en el neovanguardista Grupo 63 y publicó toda clase de estudios sobre el arte contemporáneo como ‘Obra abierta’ (1962), ‘Diario mínimo’ (1963) o su muy conocido ‘Apocalípticos e integrado’s (1965) sobre cultura de masas y medios de comunicación. Colaboró, además, en publicaciones como ‘The Times Literary Supplement’, ‘Tel Quel’ y, durante 35 años, con la editorial Bompiani.

En 1988 fundó el departamento de Comunicación de la Universidad de San Marino, y además fue profesor emérito y presidente de la Escuela Superior de Estudios Humanísticos de la Universidad de Bolonia (norte) desde 2008. Nombrado por la Mesa del Consejo de la UNESCO (1992) miembro de su Foro de Sabios, Eco fue investido Doctor ‘honoris causa’ por más de 25 universidades de todo el mundo, entre ellas, la Complutense de Madrid, Tel Aviv, Atenas, Varsovia y Berlín.

Legión de Honor de Francia desde 1993 y premio austríaco de Literatura Europea por toda su obra en 2004, en Salzburgo, en sus últimos años de vida compaginó su actividad académica y literaria con conferencias, coloquios, debates y colaboraciones en los medios de comunicación.

 

“Un ejemplo extraordinario de intelectual”

 

Tras conocer la noticia, el primer ministro italiano, Matteo Renzi, expresó sus condolencias a la familia y destacó  que Eco “fue un ejemplo extraordinario de intelectual europeo, unía una inteligencia única con una incansable capacidad de anticipar el futuro”. “Es una pérdida enorme para la cultura, que echará de menos su escritura y su voz, su pensamiento agudo y vivo, su humanidad”, concluyó.

Por su parte, Mariano Rajoy, publicó un mensaje en su cuenta de Twitter en el que afirmaba “Mi sentido pésame a la familia y amigos de Umberto Eco. Su obra permanecerá en nuestra memoria, descanse en paz”.

 

UMBERTO ECO: LUCIDEZ, SUDOR, IDEAS Y WHISKY

 

[elpais.com]

 

Umberto Eco era una inteligencia imparable, un hombre imponente. Su memoria parecía una máquina nueva siempre, su discurso era a la vez apocalíptico, risueño e integrado; no dejaba que la melancolía que persigue a todo semiótico le rompiera la velocidad del pensamiento, y se reía del mundo a la vez que explicaba su podredumbre. Pasó así con su último libro, Número cero, una sátira redonda y picuda a la vez sobre el oficio del periodismo en tiempos de Internet. Él no escribía para entretener, sino para entretenerse, y no dejó nunca de inventar fórmulas para desmentir la solemnidad de los poderosos, en su país y en cualquier sitio, y de los lugares comunes, que fueron su bestia negra.

En ese libro, Número cero, integró algunas de sus columnas, que llamaba bustinas, para construir un fresco insolente pero real de los peligros a los que se asoma este oficio de explicar la realidad. El periodista puede ser corrupto sin saberlo y sabiéndolo, y puede ser sumamente farsante e ignorante, puede el poder utilizarlo y él puede utilizar al poder, y no necesariamente las nuevas tecnologías de que dispone van a mejorar su relación con las bases viejas en las que se sustenta el oficio. El resultado de esa mescolanza de imaginación y columnas incluyó a Mussolini y a Berlusconi en una especie de fresco divertido e inquietante que nosotros, los periodistas, no leímos con vergüenza ajena sino con la propia vergüenza de estar ante un análisis y un aviso del abismo que nos conmueve.

La salida de ese libro fue la última vez que vi a Umberto Eco, en su casa de Milán, el año pasado; otros años nos habíamos visto allí, una vez probándose, para Jordi Socias, el fotógrafo, un borsalino, y riendo y bebiendo whisky y tomando espagueti en su restaurante favorito, I Quattro Mori, al lado de su casa espaciosa, llena de libros bien ordenados, sentados ante una mesa para seis en la que estábamos tres; pero las manos de Eco, lo que desplegaba, era tan poderoso, su presencia, aparentemente asmática entonces, sus ojos atentos y vitales, que taladraban lo que tú le ibas diciendo, lo dominaba todo; necesitaba, como los grandes hombres imperiales, media mesa para él solo; a veces anotaba lo que le respondías a sus preguntas, sacaba las manos hacia delante como si se apoderara de ella, y cuando no anotaba sacaba su pañuelo grande y blanco para limpiarse el sudor abundante que marcaba su frente espaciosa. En ese momento, hace algunos años, hablábamos de Europa, de su porvenir, de los Erasmus, de la cultura sobresaltada de un continente que se estaba aislando a sí mismo creyendo que se iba a abrir, y había inventado una fórmula para seguir bebiendo whisky: probablemente el médico le había aconsejado que tomara menos whisky, o que solo tomara whisky si quería tomar alcohol. Y esa receta fue suficiente para que siguiera bebiendo whisky, en vaso corto, sin hielo, como si estuviera acompañando los espaguetis con una medicina.

Eso fue hace unos años. Esta vez, el último invierno de 2015, ya Umberto Eco bebía menos, reía menos, estaba sumido en el ensimismamiento de los que quizá piensan en una obra nueva, o en alguna melancolía no resuelta. Esta vez también fuimos a I Quattro Mori; y vinieron con nosotros su traductora española, su alumna Helena Lozano, que trabajó con él y compartió su risa y su enseñanza hasta el agotamiento, su ayudante Manuela Melato, y el esposo de esta, el pintor mexicano Fernando Leal. No era raro que en las comidas, desde siempre, Umberto Eco se ausentara de vez en cuando, sentado en la propia mesa, como si las luces de la semiótica y otras luces con las que miraba la vida le llevaran por caminos interiores, por vericuetos que consideraba complejos o intrincados. Entonces se callaba y nosotros seguíamos hablando, de gatos, sobre todo, pues Leal había descubierto asociaciones insólitas entre los mininos y su arte. Eco de vez en cuando regresaba al estrado de la mesa y apuntaba, corregía, señalaba elementos con los que completaba las metáforas del artista. Y luego callaba otra vez, pendiente de todo, pero lejos de todo en esos instantes.

En julio de ese año pasado un bromista agorero de no sé dónde anunció en la red de Internet, como si perpetrara una venganza, que había muerto Umberto Eco. Me alertó de la noticia, que luego fue rematadamente falsa, Milena Busquets, que desde niña se crio cerca de la presencia de Eco; su madre, Esther Tusquets, fue la editora española, la gran amiga del semiótico italiano; así que compartimos los primeros minutos de esa incertidumbre como si se tratara de la noticia imposible de la muerte de un familiar muy próximo; de hecho, Umberto Eco es, desde Apocalípticos e integrados, cuando nuestra generación estaba en la universidad, hasta este Número Cero, un filósofo de nuestra propia edad o naturaleza, un hombre de este tiempo que siempre fue lúcidamente contemporáneo, rabiosamente útil para poner a punto la mirada distraída que aconseja uno de sus más conspicuos amigos españoles, Juan Cueto, o para destruir los lugares comunes de la mala inteligencia. Era una luz que llevaba nuestra mirada adonde quisiera. Otro de sus seguidores más fieles, el español Jorge Lozano, lo atrajo muchas veces a la vida y a la realidad española, así que era Eco tan europeo, tan mundial y tan español que cuando lo veías o lo buscabas siempre tenía algo que decir de lo que pasaba aquí porque siempre tuvo algo que decir de lo que pasaba en cualquier sitio.

Era una mente poderosa; cuando publicó El péndulo de Foucault, que no tuvo la trascendencia popular insólita que alcanzó su genial divertimento mayor, El nombre de la rosa, decidió irse a descansar al lago de Como, rodeado de silencio y gimnastas ricos; pero él seguía su rutina, su whisky, su sudor pausado, su vida intelectual sanísima dedicada a la destrucción sistemática (y semiótica) de los lugares comunes. Para hacerlo, como nuestro Fernando Savater, como el ya citado Cueto, como Jorge Luis Borges, utilizaba apólogos o preguntas, y reía luego porque tú te quedabas sin palabras tratando de buscar por dentro el significado de las palabras que él ponía para que tú cayeras en los pozos abiertos por su inteligencia. Después reposaba, te miraba como si él se estuviera yendo, y seguía ahí, con su mano detrás del asiento, echado en los butacones como si estuviera respirando los pensamientos de un ensimismado risueño.

En aquel momento en que nos dieron la noticia falsa de su muerte creí que esa falsedad conjuraba cualquier susto así en el futuro. Pero ha muerto ahora, ha muerto Umberto Eco y he sentido que lo escuchaba reír solo cuando se quedaba ensimismado en I Quattro Mori. Un sabio que sabía todas las cosas simulando que las ignoraba para seguir estudiando.

 

UMBERTO ECO, ADIÓS AL ERUDITO POP

 

[elperiodico.com]

 

Conmoción en el mundo de la cultura europea. Umberto Eco, el autor de ‘El nombre de la rosa’, el hombre que más certeramente analizaba la realidad, el sabio capaz de trasladar el peso del pasado para proyectar luz en el presente, se ha ido. Era la voz crítica, el hombre que alertó desde el minuto cero de los peligros de la política según Berlusconi, el buscador de signos de la sociedad del espectáculo y de la comunicación de masas cuando todavía no se había inventado internet y no era todavía ni la sombra de lo complejo que acabaría siendo. Umberto Eco, el ‘tuttólogo’, el todólogo, por su saber universal, renacentista, fue una de las figuras que en los 70 culminó toda una aspiración pop: hacer que la cultura clásica y la popular se reunieran sin rebajar expectativas. Hegel o Supermán, ambos merecían para el autor el mismo rigor. De ahí que fuera posiblemente el intelectual italiano más leído y conocido y por eso, ahora con su muerte, el más llorado.

Los restos mortales del autor italiano, que falleció a los 84 años el viernes a las 22.30 horas, serán trasladados el martes al Castillo Sforzesco, complejo museístico en el centro de Milán, la ciudad que Eco -nacido en 1932 en Alessandria, Piamonte- había adoptado como suya. En el edificio, que el autor podía ver desde la ventana de su domicilio, se realizará una ceremonia laica, siguiendo los deseos del escritor, que desde hace años luchaba contra un cáncer.

 

ENTRE TOMÁS DE AQUINO Y BORGES

 

Se formó en el campo de la filosofía, con una tesis sobre Tomás de Aquino en la universidad de Turín que le proporcionaría un gran conocimiento sobre la cultura medieval que muchos años más tarde sería ingrediente esencial para ‘El nombre de la rosa’, la obra que le hizo salir del reducto de la lingüística y le dio fama universal en 1980. Cerca de 30 millones de ejemplares vendió aquella primera novela, sobre una serie de crímenes perpetrados en una abadía benedictina, excitante potaje de historia, filosofía, relatos policiacos a lo Sherlock Holmes, ‘patchwork’ cultural y homenaje a la erudición estilo Borges que dice mucho de la calidad de los ‘best-sellers’ de entonces, capaces de incluir largos párrafos en latín sin que el lector se arrugase. En 1986, la película de Jean-Jacques Annaud con Sean Connery como fray Guillermo de Barkerville y un jovencito Christian Slater como su pupilo Adso de Melk ofrecería un pálido reflejo del original.

Antes de llegar a ser universalmente conocido, Eco ya había dado bastante que hablar en los ámbitos académicos. Fue profesor en las universidades de Turín, Milán y Florencia en los años 60 cuando empezó a hacerse un nombre en el campo de la semiótica, una disciplina emergente y cargada de ambición que se proponía, ahí es nada, desubrir el mundo a partir de sus signos, desentrañar el sustrato escondido en la comunicación humana. Ensayos como ‘La estructura ausente’, ‘Tratado de semiótica general’ y ‘Lector in fábula’ revolucionaron las facultades de comunicación de los años 70 y obligaron a los estudiantes a no ceñirse a lo obvio, a buscar las estructuras y los significados ocultos en los discursos, a entender que el medio es el mensaje y que este tiene mil estrategias. El Professore coronó esa escalada como titular de la cátedra de semiótica de la Universidad de Bolonia, meca de la disciplina. Y se convirtió en el gran analista de la realidad italiana en los diarios.

Sus artículos periodísticos de entonces se reunieron en el volumen ‘Apocalípticos e integrados’ que acuñó dos etiquetas que circularon mucho su momento. ¿Estás a favor o en contra? ¿Eres apocalíptico, es decir desconfías de esta cultura de masas formada, entonces, por la televisión, los periódicos, la radio, el cine? ¿O bien te decantas por saludar encantado las nuevas formas? Eco, a caballo entre una y otra, comprende a ambas y tiende puentes.

De hecho, con ‘El nombre de la rosa’, que ganó el Premio Strega y el Medicis, no hizo más que llevar al plano de la novela y del entretenimiento toda aquella teoría. Ocho años más tarde, en 1988 llegaría ‘El péndulo de Foucault’, novela conspiranoica y esotérica que abriría la puerta a fantasías mucho más chapuceramente planteadas como ‘El código Da Vinci’ de Dan Brown, de quien el autor italiano solía decir que no existía y que tan solo era un personaje más que él había inventado. Luego, sin alcanzar en ventas el éxito de las precedentes, publicó ‘La isla del día de antes’ (1994), ‘Baudolino’ (2000), ‘La misteriosa llama de la Reina Loana’ (2004) y ‘El cementerio de Praga’ (2010) y el pasado año, ‘Número cero’.

 

EL PENSADOR APOCALÍPTICO

 

El argumento de esta última novela, delataba que Eco, entre la disyuntiva apocalíptico o integrado, finalmente se había decantado por lo primero. Este retrato cruel del periodismo de los años 90 ejemplificaba las peores prácticas de manipulación y corrupción del oficio, semilla en su opinión de lo que vendría después. Y le servía también al autor para mirarse en un presente en el que ya no se reconocía. Quizá en algún momento, armado de su característica pipa, podría haberse parecido al Sherlock Holmes medieval  de ‘El nombre de la rosa’, pero con el tiempo acabó por semejarse al bibliotecario Jorge de Burgos, horrorizado y combativo frente a la heterodoxia. “Hegel dijo que la lectura de los diarios por la mañana eran el rezo matutino del hombre moderno, pero no sé si mi nieto querrá rezar de esa manera”, decía. Eco cargó contra internet y todo su corolario de redes sociales “imbéciles” y destiló no poca amargura ante un fin de época para el que no encontraba solución. Y el hecho de que el médico le hubiera obligado a reducir su dosis diaria de whisky tampoco ayudó a suavizar esa melancolía.

Firme defensor del libro en papel -una conversación con su amigo Jean-Claude Carrière sobre el tema se recogió en el volumen ‘Nadie acabará con los libros’- en los últimos tiempos se convirtió en el capitán de un proyecto editorial independiente, La Nave di Teseo, con el que se mostraba muy ilusionado. El anuncio de su muerte ha venido acompañado de la noticia de la aparición de un nuevo libro que saldrá en Italia póstumamente la semana que viene. ‘Pape Satàn Aleppe’, subtitulado ‘Crónicas de una sociedad líquida’ recoge los artículos que el autor escribió en el ‘Espresso’ desde el año 2000.

 

UMBERTO ECO, EL HOMBRE QUE SABÍA TODO

UNA LISTA

 

[hipermediaciones.com]

 

A Umberto Eco le encantaban las listas. Es más, les dedicó un libro: El vértigo de las listas.  Este post tiene forma de lista, un inventario muy personal que rinde homenaje a uno de los intelectuales que más me marcó en los últimos treinta años.

La idea de totalidad (“l’uomo che sapeva tutto” de La Repubblica,  el “humanista total” de El País, el hombre “que parecía saberlo todo” en Página 12) atraviesa la obra de Umberto Eco de punta a punta. Quizá ese espíritu transversal le haya llegado vía la semiología francesa de los años sesenta, ese momento de explosión del estructuralismo cuando todo, absolutamente todo -desde la publicidad de pasta Panzani hasta el Pato Donald, el  mito del cerebro de Albert Einstein o las estructuras narrativas de E.A. Poe– fue analizado bajo el potente microscopio Made in Paris. Eco parecía uno de esos filósofos previos a la explosión de conocimientos de la modernidad, cuando ya se volvió imposible para un único individuo dominar todo el saber humano. O sea, Eco era un filósofo pre-Newtoniano.

“La maquinaria que permite producir un texto infinito con un número finito de elementos existe desde hace milenios: es el alfabeto.”

“La objeción más común dirigida al semiólogo ‘imperialista’ es: ‘si para ti hasta una manzana es un signo, no hay duda de que lasemiótica se ocupa también de la compota… pero en ese caso el juego deja de ser válido’. Lo que este libro desearía demostrar es que desde el punto de vista semiótico no hay diferencia alguna entre una manzana y una compota de manzana, por un lado, y las expresiones lingüísticas /manzana/ y /compota de manzana/, por otro. La semiótica se ocupa de cualquier cosa que pueda considerarse como signo. Signo es cualquier cosa que puede considerarse como substituto significante de cualquier otra cosa. Esa cualquier otra cosa no debe necesariamente existir ni debe sustituir de hecho en el momento en que el signo la represente. En ese sentido, la semiótica es, en principio, la disciplina que estudia todo lo que puede usarse para mentir. Si una cosa no puede usarse para mentir, en ese caso tampoco puede usarse para decir la verdad: en realidad, no puede usarse para decir nada. La definición de ‘teoría de la mentira’ podría representar un programa satisfactorio para una semiótica general” (Umberto Eco, Trattato di Semiotica Generale, 1975).

“Los libros se respetan usándolos, no dejándolos en paz.”

Cuando estudiaba Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario a mediados de los años ochenta Umberto Eco era “el” intelectual de referencia. Después de haber estado censurado durante la dictadura –¿qué podían pensar los neandermilithares argentinos de un intelectual barbudo que proponía la “guerrilla semiótica”?– Eco era “uno de los prohibidos” que se podía volver a leer. Por entonces se pusieron de moda los graffitis en Rosario. Uno de los grupos más activos durante la visita del Papa a la ciudad en 1987 era Los Ecos de Umberto. Recuerdo una de las consignas más difundidas (“Viene el Papa. Viene Cristo”) y la intervención de Los Ecos de Umberto: “Viene el Papa ¿Viene Cristo?”. Y a los pocos metros: “Cristo no viene. Es otro de los desaparecidos”. Puro juego semiótico.

“En la segunda mitad de la década de 1960, Eco estuvo de visita en Buenos Aires para dictar unos cursos en el Centro de Altos Estudios Musicales del Instituto Di Tella, que dirigía en esos años Alberto Ginastera. El tema era la obra abierta, pero Eco, que decía tocar la flauta traversa, no se conformó con su papel profesoral: muy en línea con las formas abiertas de las que tanto escribió, quiso participar también en los grupos de improvisación musical del centro de vanguardia. Según le gustaba recordar al compositor Gerardo Gandini, que coordinaba esos grupos, Eco se esforzaba, pero la verdad era que no tenía ningún dominio de su instrumento. Con todo, la anécdota tiene algo bastante serio: el filósofo y semiólogo no tenía miedo de implicarse resueltamente en aquello sobre lo que hacía teoría” (Pablo Gianera en La Nación).

“De cualquier cosa que se estén ocupando hoy los medios masivos, la universidad ya se ocupó hace veinte años. Y aquello de lo que hoy se ocupa la universidad, será tratado por los medios masivos dentro de veinte años. Cursar bien la universidad quiere decir llevar veinte años de ventaja.”

En octubre de 1990 me fui vivir a Italia y lo primero que hice fue recorrer el país con un pasaje abierto de tren. Torino. Milano. Venezia. Bologna. Bajé del tren un viernes por la tarde. Me puse a caminar por los pórticos -Bologna tiene más de cuarenta kilómetros de veredas cubiertas- hasta llegar a las dos torres. Doblé a la izquierda sin saber dónde me metía (faltaban 15 años para el lanzamiento de Google Maps). Me detuve frente a uno de los edificios de la Università degli Studi di Bologna. Entré. Vi un cartel con los horarios de clases. Ese viernes era la clase de Umberto Eco. Me metí en aula.

“Siempre he sostenido que el proyecto Erasmus tiene valor no sólo intelectual, sino también sexual, o si prefieren genético. Conocí muchos alumnos y alumnas que, después de una estancia en el extranjero, se casaron con una alumna o alumno local. Si se intensifica esta tendencia van a nacer niños bilingües y, en treinta años, podríamos tener una clase dirigente europea al menos bilingüe. Y no sería poca cosa.”

“Existe una teoría singular de los orígenes del lenguaje en la obra de un pensador árabe del siglo Xl, lbn Hazm. Los lenguas no pueden haber nacido por convención, porque para establecer las reglas los seres humanos habrían tenido necesidad de una lengua precedente. Existió por lo tonta al principio una lengua dada por Dios, y tan rica de nombres y de sinónimos que a través de ella Adán ha podido nombrar sin ambigüedad todas las cosas del universo. Pero entonces esa lengua debe comprender todos las lenguas. Lo confusión que habría seguida no debería entonces responder a la invención de nuevas lenguas, sino a la fragmentación de aquella lengua única que existía ab initio, y en la que estaban contenidas todas las lenguas por venir. El don recibido por Adán era el multilingüismo. Precisamente por esto todos los seres humanos son capaces de comprender la revelación, en cualquiera que sea la lengua en la que se expresen. En tal caso, y una vez más, Babel no representaría la herida de la que se debe sanar, sino el don primordial que debemos reconquistar” (Umberto Eco, La búsqueda de la lengua perfecta, Lección inaugural en el Collége de France, 2 de octubre de 1992).

En esa época -finales de 1990- Eco venía de publicar El Péndulo de Foucault y seguramente estaba trabajando en su próximo libro, La búsqueda de la lengua perfecta. Su clase en Bologna fue un maravilloso viaje por los orígenes de esa utopía europea. Al final lo saludé y me volví a la estación de trenes -la mítica estación de trenes de Bologna, donde se había producido uno de los atentados más infames de la historia reciente italiana- para seguir viaje a Firenze-Roma-Napoli con la sensación de que el viaje ya estaba amortizado.

“La más grande revolución política realizada en Italia en el último siglo, la Marcha a Roma, la hizo el capo con su organización en la cucheta de un tren.”

En 1979 Eco publicó la que considero su mejor obra teórica, la más disruptiva (me refiero a Lector in fabula. La cooperación interpretativa en el texto narrativo, un texto donde termina de dar forma a su teoría interpretativa), el mismo año en que Italo Calvino saca de la imprenta Si una noche de invierno un viajero. Ambos libros hablan de lo mismo: de la complejidad del trabajo interpretativo y del texto como espacio donde se enfrentan dos estrategias: la del lector y la del autor. Cuenta la leyenda que Calvino le envió un ejemplar a Eco dedicado con la siguiente frase: “A Umberto, superior stabat lector, longeque inferior Italo Calvino”. Dejemos que el mismo Eco nos explique su significado: “La cita proviene obviamente de la fábula de Fedro, el lobo y el cordero (‘Superior stabat lupus, longeque inferior agnus’, el lobo aguas arriba del arroyo y el cordero aguas abajo), y Calvino se refería a mi libro Lector in Fabula. ‘Longeque inferior’ significa ‘más abajo’, ‘hacia el valle’, pero también ‘estado de inferioridad’, ‘menos importante’, una ambigüidad referencial. Si la palabra ‘lector’ indica mi libro, Calvino elegía un rol irónicamente humilde o, al contrario, se asignaba orgullosamente el rol positivo del cordero, dejándome, en tanto teórico, el disfraz del Lobo Malo. Si, por el contrario, la palabra ‘lector’ indica al Lector, entonces Calvino estaba realizando una afirmación decisiva, rindiendo homenaje al rol del lector…”. Literatura y semiótica. Filosofía del lenguaje y medievalismo. James Bond y James Joyce. Santo Tomás de Aquino y el hipertexto. Todos los caminos conducen a Eco.

“Leer alarga la vida. Quien no lee solo tiene una vida y, se  los aseguro, es poquísimo. En cambio nosotros, cuando moriremos, nos recordaremos de haber atravesado el Rubicón con César, combatido en Waterloo con Napoleón, viajado con Gulliver y encontrado a enanos y gigantes. Una pequeña compensación por la falta de inmortalidad.”

“Recuerdo que tenía 22 o 23 años cuando se publicó por primera vez Ficciones. Se habían hecho una 500 copias, prácticamente nadie se había dado cuenta. Entonces vino un poeta italiano (¿Sergio Sogni?), que me dijo: ‘Lea este libro. Es de un argentino que nadie conoce aquí’. Me enloqueció. Me pasaba noche y noches leyéndoselo a mis amigos. Me reconocí de inmediato en Borges. Fue un amor a primera vista.” (Entrevista con Jorge Halperín).

A mediados de los noventa decidí hacer el doctorado. Me acerqué a los semióticos italianos que trabajaban en Torino –Guido Ferraro, Paolo Bertetti– y publicaban la revista Lexia. Durante el 25° Congreso de la Associazione Italiana di Studi Semiotici (AISS, Torino, octubre de 1996) Gianpaolo Caprettini coordinó una mítica mesa redonda titulada “Dalla Retrospettiva alle Prospettive Verso il Futuro” donde participaron Umberto Eco, Gianfranco Bettetini (futuro director de mi tesis doctoral), Cesare Segre, Maria Corti y Antonio Buttitta, los fundadores de la semiótica italiana. En esa ocasión Eco definió a la semiótica como “una capacidad de atención hacia un objeto que llamaremos semiosis, y que no es sólo un signo sino aquello que está antes y después… La semiótica es como la medicina. La medicina tiene ciertamente un objeto, el cuerpo humano y el problema de hacerlo estar en buena forma. Después está la dietética, la cirugía, la acupuntura, etc. Cada médico, si no estamos de frente a un Mad Doctor, tiene la intención de hacer estar bien un cuerpo humano y de retardar al máximo posible la muerte, pero los métodos, los enfoques y las ideas son infinitos. En el fondo el objeto o la finalidad de la semiótica es tener en buen ejercicio a la semiosis y ‘hacerla estar bien’… Alguien podría decir: ¡Para eso bastan los poetas! Pero, para mí, no bastan.” A Eco no le bastaba ser semiótico. Fue filósofo del lenguaje, novelista, periodista, guionista y no me extrañaría que algún día salgan de sus archivos sus poemas. De frente a la hiperespecialización que propone el academicismo avanzado, Eco prefería replegarse al enciclopedismo medieval.

“Nada consuela más al novelista que descubrir lecturas que no se le habían ocurrido y que los lectores le sugieren.”

Entre los días 6-8 de octubre de 2000 se realizó el 28º congreso de la AISS en Castiglioncello. Decidí enviar un paper titulado “Por un puñado de hiperlibros: interactive fiction, narrativa y retórica hipertextual“, posteriormente incluido en el libro Forme della testualità: teoria, modelli, storia e prospettive (Bertetti y Manetti, 2001). El paper fue aceptado para una mesa redonda sobre el hipertexto. Unos días antes del congreso Bertetti me avisó: “Viene Eco. Quiere hablar sobre el hipertexto así que se sumará a la mesa redonda”. Nueve años después de ese encuentro en la mesa redonda sobre el hipertexto -donde Eco hasta hizo un chiste con mi nombre (“Scolari, otro italiano con apellido argentino!”)- publiqué un artículo precisamente sobre las contribuciones de Eco a la teoría del hipertexto y las nuevas formas de comunicación digital interactiva: “Digital Eco_logy. Umberto Eco and a semiotic approach to digital communication “

“El narrador no debe facilitar interpretaciones de su obra, si no, ¿para qué habría escrito una novela, que es una máquina de generar interpretaciones?”

En las Apostillas a El Nombre de la Rosa Eco explica por qué el bibliotecario ciego se llama Jorge de Burgos (cito a memoria): “Porque la suma de biblioteca, ciego y laberinto no puede dar otra cosa que Borges. Y porque las deudas se pagan”. De la misma manera, la suma de hipertextualidad, enciclopedia, laberinto e interpretación solo puede dar un único resultado: Umberto Eco. Digital Eco_logies.

“La lectura de los periódicos, como decía Hegel, es la oración de la mañana del hombre moderno. Y yo no consigo tomarme mi café de la mañana si no hojeo el diario; pero es un ritual casi afectivo y religioso, porque lo hojeo mirando los titulares, y por ellos me doy cuenta de que casi todo lo había sabido la noche anterior. Como mucho, me leo un editorial o un artículo de opinión. Esta es la crisis del periodismo contemporáneo. ¡Y de aquí no se sale!” (declaraciones de Umberto Eco en 2015 con motivo de la publicación de su novela Número Cero).

“Los libros son esa clase de instrumentos que, una vez inventados, no pudieron ser mejorados, simplemente porque son buenos. Como el martillo, el cuchillo, la cuchara o la tijera.”

En los últimos Eco se atrincheró en la defensa del libro impreso -ver mi texto “Mientras miro las nuevas hojas. Una lectura semiótica sobre la muerte del libro” incluido en El Fin de los Medios Masivos (Carlón y Scolari, 2009/14)- y arremetió contra algunas cosas que pasaban en la red. La última polémica alrededor de Eco se generó por sus declaraciones sobre los “imbéciles” que frecuentan las redes sociales. Obviamente a los periodistas sólo les quedó la parte final de su intervención -donde arremetía contra las  “legiones de imbéciles” que se expresan en las redes- y se olvidaron de las premisas iniciales: “el fenómeno de las redes sociales también es positivo, no solo porque permite a las personas estar en contacto entre ellas. Pensemos a lo sucedido en China o Turquía, donde el gran movimiento contra Erdogan nació gracias a las redes, gracias al tam-tam. Alguno ha dicho que, si hubiera existido Internet en los tiempos de Hitler, los campos de exterminio no hubieran sido posible porque la información se hubiera difundido viralmente…”.

“La computadora no es una máquina inteligente que ayuda a las personas estúpidas, sino una máquina estúpida que sólo funciona en manos de personas inteligentes”.

“Los libros no se han hecho para que creamos lo que dicen, sino para que los analicemos. Cuando leemos un libro, no debemos preguntarnos qué dice, sino qué quiere decir.” (Guglielmo de Baskerville)

“El autor debería morirse después de haber escrito su obra. Para allanarle el camino al texto.” (Umberto Eco)

“Hace frío en el scriptorium, me duele el pulgar. Dejo este texto, no sé para quién, este texto, que ya no sé de qué habla: stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus.” (Adso de Melk)

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